Universidad

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 1:23 a. m.


Usualmente mi reloj interno esta sumido en una continuidad sin relación con el tiempo. Más en vacaciones. Es como si de pronto dejara de existir esa ley que indica un sonido para hablarle a los perros y otro para hablarle a los gatos. Llovió como un estornudo sorpresa. Una carpa blanca con cerca de cien sillas, todas negras y húmedas - resbaloso recuerdo de un intermedio entre yo y mi alma - no pasan más de diez minutos cuando de entre los edificios naranjas y el cielo color incendio se revelara una vez más el gran poder creativo de Dios.

Luego el caos. Corrí protegiendo las bolsas de mi chaleco y atragantando esa tos hueca que de vez en vez me asalta para reprocharme mi lenta autodestrucción. Olía a tabaco con lodo, que según confirmé al darle la mano a mi padre, es el mismo olor del alcohol destilando por la piel de un recién despertado, de un vivo muriente. Entonces al regresar recibo nuevamente ese abrazo que no es de brazos ni ojos, ni de palabras, un abrazo donde los grandes apéndices de la realidad se enroscan como culebras ante mí y chocan sus ventosas para inyectarme toda esa dosis de simultaneidad y euforia que necesito tanto, ese pánico que no cuesta cuatrocientos pesos, que no cuesta un plato de sopa humeante, que no cuesta una cama desalojada para ese concierto de nudos. Cuesta tanto como una isla y tan poco como un escupitajo en el ombligo. Y entonces ordeno mis prioridades. Ella se peina el cabello húmedo para mirarme con ojos que atraviesan (¿pudo ver mi angina hinchada, mi traquea reseca, mi transito sanguíneo, mi corazón roto?), y luego pararse y andar con un andar de sirena bípeda hacia nosédónde y regresar con noséquién.

Mi amigo se besa con su novia, son como dos arbustos que los mueve el viento y comparten gotas de clorofila. Yo me siento en el metal de algún coche pensando en las maravillas de mi vida, y luego, como quien no quiere la cosa, soltar alguna broma digna de evaluación algebraica para despegar las risas de esa mojada y resbalosa silueta que nos envolvía.

Pago y miro a mi amigo. El único que nunca se ha merecido mi desconfianza. Tiemblo de ansia y al regresar para mi casa y sentir el aura espesa de los dos drogadictos que cantan en la parte de atras, me esfuerzo por creer que los días son el resultado de las oportunidades, es el sudor del diablo que se evapora para recogerlo en cada moneda que se nos cae al suelo. Al ver al chofer con su cuello hinchado de semen intento rescatar la idea de que por más que me enamore nunca dejaré de ser yo mismo, porque nunca nadie se ha autodestruido por alguien, jamás.

Al llegar a mi casa y verme en el reflejo de una tortillería, caigo al mundo. Tengo dieciocho años y estoy muy flaco. Quizás la vida quiso quitármela de esa manera para endulzar mi carne, como los toros que enfurecen antes de burlarse de ellos con una tela roja. Probablemente me estoy desenamorando en el proceso más lento y tradicional del mundo. Es más, incluso sea cierto eso que es necesario un amor imposible en la adolescencia para quemar ese vínculo incestuoso natural. Puede que nunca haya sido algo especial para ninguna de mis personas especiales.

Con miedo, con mucho miedo, de verdad, espero equivocarme.


29/7/10

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