Le Iugement

Posted by Jesús | Posted in | Posted on 12:51 a. m.

"Nada de más"
- Inscripción tallada en la entrada del oráculo de Delfos


La gente cree que necesita un dictamen para poder escribir, yo destruyo al poema, háganlo presente en cada latir y en cada pulsión. El poema no es un pretexto juvenil para apestar a atardecer o a café infame lleno de azúcar y conversaciones acentuadas, el poema es ese infinito momento en que decides no cepillarte los dientes y desayunar sardinas, no es el reprocharle al sistema las pocas cualidades de su esqueleto administrativo, no es fumar con dedos de momia mientras recitas (mal) alguna pelusa de ombligo de aquél chileno que se creía pájaro. No. El poema es ser indiferente hacia lo que digo yo y el mundo, es retar a la realidad con la sonrisa más cínica posible y después invitarte a cenar a ti mismo para tener una conversación hinchada de silencio, borracha y humeante, donde el vapor de la noche te haga sudar a ese inquilino molesto que no deja de hablar de sí mismo cuando tú te mueres de ganas de hablar de ti mismo, imparable contradicción de quien se siente a un paso de cruzar la meta del entendimiento. El poema es amor, es recibir a la muerte como quien recibe un beso y no espera mas que el rozar de dos pestañas empapadas de sudor o lágrimas; y si el amor no existe ¡Entonces el poema lo inventa! y si el amor no es bueno ¡El poema lo santifica! y si es amor no es lo más importante ¡El poema lo engrandece! Y es en este punto donde quiero hablar de la mujer, de ese insulto a la inmortalidad. Amo lo que me hiere. Y en este momento quiero hablar de Stephania, no como un bloque que se introduce forzosamente a alguna construcción (recuerden construir el poema desde la base de sus intestinos, sus vísceras, sus testículos, sus ovarios) sino más bien como una evidencia de mi total reproche hacia lo que se me explica y se me reclama, como una corbata que no me gusta, como una cena no deseada de estrellas, morfina y limón. Quiero hablar de ella porque me hace feliz, porque si hablo, hablo poco y porque invariablemente añoro poder filtrar todas estas aproximaciones de realidad en algún torrente lumínico, para golpear estómagos y encender antojos. Les contaré un cuento, y si no les gusta por favor váyanse, la historia se llama


LA NIÑA DEL PUENTE VERDE
(Porque puedo ver tu casa desde acá arriba)









Para Stephania Hernández
por tanto odio y amor
inmerecidos.





Un día después de que todas mis celular digestivas dieran cierre a esa última formación postpubertal, yo salía de mi ciclo normal de clases por la puerta incorrecta a lado de la ex novia de mi mejor amigo (Dios grita y se agarra la barriga) cuando al salir escucho risas de abeja y patadas al concrecto. Era de esos días raros en que debería hacer calor pero hace frío, mas que nada por intermediarios de estaciones o algún Huracán que en ese momento mataba cientos de personas y conforme la humedad avanzaba iba refrescando a todos mis conciudadanos que ese día, muy indiferentes, estaban a punto de presenciar una guerra ciega y cubierta de lluvia. Cuando la vi a lado mio sentí que una pequeña serpiente se despertaba desde mi sexo y se enrollaba en mi cintura (para permanecer ahí durante aproximadamente año y medio más), días después yo toqué su espalda empapelada por una tela color sangre que meses después yo me esmeré en absorberle el olor. Me parecía tan simpática la manera en que sus ojos se desequilibraban al seguirla con los brazos alzados por fuera de ese indeseado autobus rojo con blanco que día a día se la llevaba a esa casa que nunca pude ver y que siempre me aterró. Entonces llegó la alergia de morirme y después, siendo cómplices de ese amigo incauto y de piel amarilla nos besamos tan fríamente que por eso la película fue malísima, pero siempre recordaré como tu mano se detuvo decidida ante mis dedos que exploraban tímidamente esas mangas de estrella de David, esa tela que tanto sigo viendo y tanto me sigue doliendo (porque tú no lo sabes Fanny, una de esas la conservo en el tercer cajón del mueble enorme que ameniza mi cuarto, a lado de las cartas de mi padre y debajo de nuestra pantalonera de secundaria) y cuando tus cinco uñas se clavaron pude ver con claridad que yo era querido y que simple y sencillamente a partir de ese día me ibas a demostrar que el diablo existe en la medida, en nuestra medida. Esa misma noche me dolió tanto el olor de tu autobus que ni la lluvia ni el frío pudieron saciar ese diptongo que se me atoró en el esternón. Semanas después esa niña machorra y respingona bautizó mi doce de Diciembre del 2006 con el agua más helada del mundo. Siempre fuiste mi caos, cuando el veintidos del doce (mi primera llamada para el fin del mundo) me entreabriste el universo en una tarde tan roja que te hizo llorar y yo te consolé a lado de un puesto de elotes inundado en humo, cuando mis bracitos rodearon tu cuerpito de niña verde y todo se confundía, entre el frío y el llanto y el hambre y el sueño y lloraste con un llanto tan mío que lo extraño cruelmente, porque ahora ya no me quieres ¿por qué ahora ya no me quieres? porque se me derritió el mundo en el momento de sentirme dueño del tiempo, porque todas esas noches extras a lado de ese amigo tan tuyo como mío, debajo de kilos de tela y sombras como dos muertos rescatándose en un nudo de besos y aliento, todas esas noches se me fueron por la puerta de enfrente sin despedirse, quizá deseosos de dispararme este presente que me duele más que la noche y más que tu llanto. Porque después de ese "ya no puedo más" te me desapareciste tan velozmente que mi sentido del calendario se quemó, un año y medio vagando entre árboles y charcos donde no me quería ver, donde me cansaba y vomitaba negro y estaba seguro que me iba a morir a lado de ese nuevo amigo que de seguro te gusta porque es muy guapo, porque hoy ya no es tan nuevo pero quiero creer que te sorprendiste, porque siempre quiero sorprenderte. Entonces esa noche yo lloré como quien se sabe muerto y le pedí a Dios por ti y tu hermana y tu madre y tu hermano y hasta tu padre, después pedí por mis perros, mi familia y mis amigos y antes de desmayarme en ese sueño que me iba a revivir horas después, le pedí de nuevo a Dios que si moría me dejara entrar en tu cuarto para verte dormir y quizá decirte algo al oído y ser tu primera experiencia inexplicable. No morí pero me quiero morir. Porque tengo dieciocho años y fue un amor retrasado, más doloroso, más denso y más carnoso. Como cuando a un anciano le da varicela y muere. Porque no puedo quitarme estas sanguijuelas que tienen tus iniciales, porque se siente tan bien sufrirte, pero me quiero morir. Entonces yo corro por esa calle que nunca conociste porque estabas en tu mundo de dinosaurios basquetbolistas y fotografías en el techo, yo corro a la tienda de esos dos homosexuales enormes a comprar pan y leche y corro de vuelta, y corro a la escuela, corro a través de ese parque donde nunca te llevé, corro con Juan, corro con Mario, corro con Eric y corro hacia un muro que me va a destrozar y es en ese momento cuando se que puedo verte cuando cierro los ojos, yo sé que no me crees, sé que podrás afirmar que todo esto es un desvarío de quien se siente enamorado, que quizá improviso todo esto como cuando abrazado de tu cintura te dije que eras lo mejor que me ha pasado, es cierto. Y yo quería encontrarme de nuevo con tu boca de noche, quería sentirme de nuevo en tu torbellino. El presente me duele y no quiero decirlo, porque es tarde y tengo sueño, porque una ley pendular me dice que no pasará nada porque así quiere que sea la cosa y es en ese momento cuando me quiero romper todos los huesos porque tu quieres sufrir más y más y yo no quiero. Yo nunca te haría algo así, yo no quiero, yo quiero que sepas tantas cosas, yo quiero que explotes en una luz tan azul, quiero que tus huesos experimenten una felicidad tan incontrolable que te quieras morir conmigo o sin mí, que me quieras tan todo que la muerte sea parte de una caricia. Pero no se puede, porque no quieres, quieres llorar lágrimas de sal corriente, quieres dormir sobre colchones de insomnio corriente, quieres deformarte en el ángulo de todos. No puedo ofrecerte mucho y te ofrezco esto porque esta es la única forma en la que me desmiento, pero al ofrecerte palabras puedo ofrecerte un mundo, el tuyo, el mío y el que está por venir. Te amo más de lo que creo soportar, por eso quiero leerte esto frente a frente para por fin mirarte a los ojos, quién sabe, quizá me vuelva humo y pueda vivir en tus pulmones.

(8/6/10
11:00 AM)





Cuando vi tu infinitésimo "no se podrá" algo se murió dentro de mí y es por eso que volví a escribir, porque todo esto del Tarot lo empecé como un acelerador, porque cuando llegue la carta de El Mundo quiero que mi vida deje de ser ese pantano que es desde Enero. Porque nadie lee esto y si lo llega a leer quiero también hacerlo participe de ese ritual llamado vida, ese baile tan estridente que me absorbió y me quiere matar. Eso pensaba leértelo frente a frente, con algún vapor sabor Jazmín con música de fondo. Y ahora, después de todo esto, quiero decir que estoy cansado, quiero destruirlo todo y por eso a tí, lector, te invito a dormir, no como una metáfora impropia o ñoña, no, quiero dormir y quiero que tú también te vayas a dormir, excepto a tiStephania, porque tú no eres lectora, eres un fantasma que se aparece en mi yunta cada que cae nieve, cada que el sol baila. Antes de dormir destrúyanse a sí mismos, lleguen al límite y laman el filo, sientan la nuca de la muerte y luego váyanse a dormir. Sientan las tripas del dolor en sus propias tripas, sientan como el amor jadea de ansiedad en el cajón de su ropa interior, sientan como el amor puede pegarles la carne a los huesos.
Esto es lo que pasa cuando uno está monstruosamente enamorado.

9/6/10

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